A mi padre y mi madre los colgó el viento
de un árbol que no puede verse.
Nunca los vi juntos.
Lo que supe de ellos sucedió en retratos,
fantasmas que los ancianos dicen.
Algo tendrán que ver con la ouija,
Algo, con que me ataque el miedo.
¿Pero qué podían hacer dos sombras en las paredes
con un niño real?
Se los llevó el cansancio.
Yo que he nacido puedo decir cuánto pesan
las lentejuelas en estos ojos,
los nombres de azúcar
en las frentes blancas.
No es cierto que no tenemos miedo a la muerte.
Mi madre tenía una escopeta
bajo su cama por si venían soldados.
A ella, una calavera grande.
A ella, una calavera con muchos adornos.
Mi padre se iba a los cerros y desenterraba
muñecos de arcilla.
A él, una calavera en silencio,
una calavera con lentejuelas rojas
para ver en la oscuridad.
Que las flores cubran los muros.
Que los retratos salgan de todas las flores.
Todos los días del año.
Porque no es cierto que nos reímos.
No es cierto que no tenemos miedo..

